martes, 8 de mayo de 2007

Mar

Martina, Mar para los amigos, es una chica muy guapa y dulce y agradable que acabó hace poco la carrera de traducción e interpretación y que ahora estudia un módulo de lenguaje de sordos. Ya casi es verano y se acaban las clases, y Mar se siente muy bien junto a su nuevo novio, una mole de casi dos metros que la lleva a discotecas y a Burger Kings y especialmente a Pastafiores, porque a ella le encanta la pizza. Se sientan en una mesa, piden, su novio le cuenta algo de la construcción en la que trabaja, y Mar, mientras tanto, piensa en que ese fin de semana le gustaría mucho ir al cumpleaños de su mejor amiga, Vanesa, en una sala de salsa y merengue.

(Pero le ha prometido a su novio que irá a verle a ese partido de fútbol tan importante para su equipo.)

Al día siguiente, Mar sale de su trabajo de teleoperadora, toma el metro y llega a casa. Su madre ya está preparando la comida y le pide que la ayude a poner la mesa. Después se sientan todos con el televisor encendido y nadie dice nada mientras engullen unos macarrones con foie-gras. A las cuatro, Mar sube al metro otra vez y va hacia el instituto donde estudia el módulo. Por el camino ve a una pareja y entonces se acuerda de un novio que tuvo hace un par de años. Un chico guapo y musculado y algo mayor que ella. Empezó a estudiar en ese instituto cuando todavía estaba con él. Le vienen a la mente los paseos por las Ramblas cogidos de la mano. Pero también recuerda muchas otras cosas.

Sus amigos siempre le decían que era un tipo muy extraño. Cuando iban a discotecas y se ponían todos en corrillo a bailar, él iba directo hacia la barra y tomaba un cubata tras otro porque no sabía divertirse de otra manera. A Mar también le agobiaba mucho su manía de pasarse varias horas visitando librerías y gastándose un dineral. Un día quiso regalarle un libro.

-A mí leer no me gusta -le dijo ella con total sinceridad.

Estuvieron juntos varios meses porque al fin y al cabo él la trataba muy bien. La invitaba a cenar a sitios caros y le pagaba los Smirnoff con Red-bull y era muy cariñoso, aunque no se relacionara demasiado con sus amigos. Y además siempre sabía darle una solución a sus problemas, encontraba el camino más lógico y correcto y por ese motivo le encantaba recibir su apoyo. Pero al pensar en esto, no puede evitar sentir una pequeña incomodidad, un vago resquicio de lo mismo que experimentaba aquellas noches que él se abrazaba a ella y le explicaba lo que le pasaba por dentro y ella quería dormir y se sentía fuera de lugar. A veces él se mostraba perdido y a Mar no le resultaba atractivo su desamparo. Prefería verlo con sus camisetas ajustadas, apoyado en la columna de una discoteca mientras esperaba a que ella saliese del lavabo, con un aspecto de chulo que hacía que el pulso le temblara y el corazón le enloqueciera.

Piensa en todo lo que llevó la relación a su fin. Por ejemplo, aquella vez que él la invitó a cenar a un sitio muy lujoso y con unos platos demasiado raros y un camarero que constantemente rellenaba la copa de vino. Mar nunca había visto esa cantidad en la cuenta de un restaurante, pero él puso la tarjeta sobre el plato con una amplia sonrisa y después le pasó el brazo por los hombros y salieron de allí envueltos por el tibio aire de primavera. Una semana después la invitó a un sitio mucho más modesto, donde pidieron una ensalada en la cual los trocitos de queso llevaban todavía enganchado el código de barras. Al salir, le preguntó si le había gustado. Y ella respondió sin pensar:

-Bueno, no está mal. Al menos es mejor que el del otro día.

Se enfadó mucho y ella no comprendía por qué, hasta el punto de que Mar quiso ir al metro y volver a casa, pero él le pidió que no se fuera y la abrazó de nuevo y todo se calmó. Sin embargo, fue el primero de una serie de sucesos similares, por ejemplo aquel que desencadenó la ruptura, cuando ella tenía clases por la tarde y le pidió que la acompañara al instituto. Fueron muy abrazados hasta allí pero, unos diez metros antes de llegar, Mar le dijo:

-Bueno, no me acompañes hasta la puerta. Sólo hasta aquí.

Y otra vez se encontró con ese comportamiento extraño. Su antiguo novio no la entendía cuando ella le explicó que si iba hasta allí con él, no podría hablar con sus amigos, y si hablaba con sus amigos, no podría hablar con él, y entonces se agobiaría y se sentiría mal. Lejos de ponerse en su lugar, él se dio media vuelta y se marchó y fue la última vez que se vieron como pareja. Aún recuerda lo que le decían sus amigos aquel mismo fin de semana:

-Tienes que dejarlo. Es un tío raro.
-Está loco.
-Es lo mejor para los dos. No te conviene.

El lunes siguiente quedaron para tomar algo y hablar de su situación.

-Tenemos que dejarlo.
-Mar, todavía te quiero...
-Es lo mejor para los dos. No... nos conviene.

Y Mar rememora todo eso, que ocurrió hace ya casi dos años, mientras alcanza el final de las Ramblas y tuerce la calle que le lleva a su instituto. Antes de llegar, piensa en un detalle que se queda agazapado en su cabeza mientras duran las clases. Al salir, busca en el móvil el número de su antiguo novio, que hace mucho tiempo que no utiliza. Duda un rato, se decide y después de unos minutos le manda este mensaje:

"Hola! K tal? Knto tiempo! Yo muy bien, casi de vacaciones. Oye, 1 cosa. Se k aveces te ves con Jaime. Podrias darle el libro k t deje y las dos pelis? Bsitos!"

Llega a casa y su madre le dice que la ha llamado Vanesa:

-¡Hola Vane!
-¿Qué tal, Mar? Oye, te vienes a mi cumpleaños, ¿no? Acuérdate de que es el sábado por la noche.
-Es que...
-¡Venga! Si estará genial. La sala de salsa está de vicio.
-¡Vale!

Mar cuelga, se sienta en la mesa junto a su familia, corta un pedazo de hamburguesa y se lo come mientras se concentra en la teleserie de los jueves.

5 comentarios:

Burbuja dijo...

Qué habitual ese abismo conyugal y esa concepción tan extendida de lo que es "raro", por no hablar de la incomunicación y el cariño no correspondido.Podrías englobar ahí al 90% de las parejas.
Por cierto, me ha encantado el detalle de los macarrones con foi-gras.

Un besito.

Piero dijo...

Que personaje más antipático el de Martina.... jeje. Encuentro paralelismos con la historia de Consol: en ambas se describen a tipos ordinarios. No obstante, queda evidente que psicológicamente son dos personaje muy diferentes.
En cuanto a estilo el relato me parece más innovador, pero como ya te dije, el detalle del perro en el relato de Consol hacia que éste fuera más expresivo.
Coincido con Burbuja en el detalle de los macarrones con foi-gras entre otros. Impactante el mensaje del móvil. Refleja sin ninguna duda qué tipo de persona es Martina.
Sigue por esta linea. Un saludo,

J dijo...

cuida un poquito el estilo. a mi entender se te está deshilvanando
pero vas bien
éste un poco sosillo,pero bien

Dr Zito dijo...

Al principio no sabia que pensar. Si usted estaba usando demasiados lugares y personajes comunes o es que, precisamente, esos lugares y personas son comunes.
Luego, claro, uno se reconoce o reconoce a otros y se da cuenta de que lo que importa es que en el fondo haya verdad.

Lucinda dijo...

Pues yo iba a comentar algo muy prosaico: en mi vida he comido/visto en carta/ u oído hablar hasta ahora de macarrones con foie-gras.

Respecto a tu relato (no me extraña que el otro día mencionaras en petit comité si había leído los nueve cuentos de Salinger) he de decirte que me ha provocado una sensación de desasosiego que bueno, sólo se puede conseguir cuando te han pasado cosas similares, a ti, o a gente que conoces.

Es curioso, normalmente la gente se esfuerza en contar un relato que tenga sentido y objetivo de principio a fin pero el tuyo es una escena corta que podría estar pasando en la vida de cualquier persona tan anónima como cualquiera que se cruza contigo en el pasillo de alguna tienda o en el tren. Creo que captar psicológicamente un momento tan poco trascendental (léase en el buen sentido) es una muestra de talento, aunque bueno, eso no es nada nuevo que no te hayan dicho ya.

¿Lugares comunes? No lo niego, pero es que los lugares comunes son una constante en la vida de todos... y si no se tienen, se inventan.

Un saludo.