sábado, 16 de junio de 2007

El novio de Mar

Ya es sábado y eso a Mar le gusta, desde que se despierta y le prepara el desayuno a su hermano, hasta que ven una película después de comer y la tarde empieza a apagarse a través del balcón. Le llama su amiga Elena y Mar le dice que esa noche no puede quedar, porque Carlos vendrá a buscarla. Antes de meterse en el baño escucha la voz excitada de su padre, que acaba de llegar y recorre el pasillo.

-¿Has visto lo que he recibido?

Sobre la palma de la mano tiene un pequeño objeto de plástico gris, con una bombilla de color rojo en la parte superior.

-¿Qué es eso?
-Lo pedí de importación. Es un aparato japonés que me ha costado trescientos euros. Sirve para detectar ectoplasmas.
-¿Ectoplasmas?
-Sí. Cuando hay cerca una presencia... paranormal... a un radio de cien metros, la luz se ilumina.

Mar se mete en la ducha y mientras observa sus pechos, que encuentra un tanto caídos, le viene a la cabeza el recuerdo de aquella tarde, hace muchos años, cuando eran pequeños y pasaban los fines de semana en la torre del campo. Puede ver otra vez a su padre con la mirada desencajada, la vena del cuello hinchada y palpitante, sudando y diciendo que ha visto algo muy raro en el cielo. Cierra la puerta con llave, entra en el almacén, vuelve con un hacha y destroza la mesa y las sillas, y después clava los trozos de madera contra las ventanas. Sube a su habitación y vuelve con la escopeta de caza. Ellos lloran y él les pide que no se asusten. Estuvieron así, sentados en el sofá sin moverse, el resto de la noche y parte de la mañana siguiente.

Pasa media hora alisándose el cabello y al acabar le gusta y cree que hoy le queda especialmente bien. Se pone unos tejanos y una blusa de color rojo, después rocía con Agua de Rosas su cuello y los brazos, se frota las muñecas y las huele. En el comedor, su padre y su hermano ven por televisión un debate sobre política. El padre asiente cuando habla Pedro J. Ramírez y reniega ante los discursos de Miguel Ángel Aguilar.

-Yo soy catalán y a mí no me tienen que obligar a hablar en catalán si no quiero.

Carlos debería hacerle una llamada perdida a las diez para que bajase. Ya son casi las once. Tiene ganas de llorar y le duele la barriga por los nervios, pero se niega a enviarle un mensaje porque sabía perfectamente que habían quedado. Ante todo, Mar cree que su orgullo debe quedar resguardado y que en cualquier caso, de ese modo podrá demostrarle que no es tan importante para ella. Se olvida de todo en cuanto el móvil suena, a las once y media, y entonces se dispone a bajar las escaleras tan rápido que ni siquiera se despide de su padre, que ahora da cabezadas en el sofá con un libro de J. J. Benítez entre las manos.

El Twingo amarillo de Carlos está parado frente a su portería.

-Habíamos quedado a las diez -dice ella al abrir.
-Ya.
-¿Qué ha pasado?
-He tenido... un partido de fútbol.

Arranca el coche y Mar sólo piensa en que, una vez más, no ha mostrado ninguna intención de besarla.

Cruzan el barrio de San Martín, solitario, y luego desde la ronda del litoral siguen por Paralelo y suben las cuestas inclinadas de Montjuïch. Carlos baja la ventanilla y el coche se llena de un aire fresco y con olor a césped y a árboles. Los matorrales rodean la calzada, y cada vez hay más sombras fugaces de cosas que parecen personas. Llevan mucho rato en silencio.

-¿Qué tal la semana? -pregunta ella.
-Bien.

Carlos aparca en la zona más oscura de una explanada sin iluminación y, en silencio, reclina el asiento y comienza a desabrocharse los pantalones.

Una hora más tarde, Mar ya se ha puesto su pijama de ovejitas y trata de dormir fuertemente abrazada a un peluche. Al final no puede evitar llorar, hasta que la almohada queda húmeda. Pasados unos minutos, observa con cierto alivio las sombras que la luz de la calle estampa sobre la pared.

Va al baño mucho más tranquila, y al salir se da cuenta de que a través de la puerta del comedor brilla una extraña luz roja. Entra en la sala, enciende la lámpara y recoge el pequeño objeto de plástico con una bombilla que su padre le ha enseñado esa misma tarde. En cuanto lo agita en su mano, la luz de la bombilla se hace intermitente y acaba apagándose.

Otra vez en su habitación, bien cubierta por la sábana y dispuesta a dejarse caer en un profundo y tentador abismo, sabe que, mañana, volverá a abrir su álbum para contemplar la imagen de Carlos, tan guapo y sonriente, vestido con su traje para jugar al golf, y seguirá con su dedo índice el contorno de los corazones rosas que un día dibujó a su alrededor.

martes, 22 de mayo de 2007

Detroit

Con la mirada fija, sentado en el sofá y una copa de vino en la mano, sólo le hace falta un pequeño punto más de embeleso para convertirse en algo así como un prototipo espiritual, una dosis más de admiración que le complemente como un sombrero, a modo de plácida aureola que todos pueden sentir si se esfuerzan un poco en ser sagaces. La escucha hablar y se siente tan entregado que piensa en aviones volando armónicamente por encima de las nubes, libres, veloces, y aunque es consciente de que ahora el alcohol exagera un poco sus emociones, ya desde comienzos de la noche, cuando la ha visto con esa elegante y ligera chaqueta azul, con esos vaqueros claros y ajustados sinuosamente a sus piernas, y el cabello largo, liso, caoba, tan arreglado y tan perfecto y tan a juego con sus ojos verdes que brillan como calderas, ha recordado esas fantasías que tiene desde pequeño, que le hablan de un amor ideal, transparente, feliz.

Ella se agita, nerviosa, desde su parte del sofá, y le transmite una ingenuidad tan encantadora que intenta no hacer demasiado caso de sus palabras. Se enfada un poco porque nadie está de acuerdo. Y él sólo espera la próxima vez que se le acerque más para sentir el calor emocionante de su piel.

-Me da igual lo que penséis de mí. Mis objetivos en la vida están por encima del amor.

Un tipo sentado en una silla le dice, con una sonrisa sarcástica que mantiene desde hace varios minutos:

-¿Me estás diciendo que podrías controlar enamorarte de alguien?
-Sí.
-¿Seguro?
-Bueno... puede surgir. Pero no haría que cambiase nada de lo que tengo planeado. No llegaría al punto en que me condicionara.

La chica guapa y maquillada sentada a la izquierda cruza las piernas dentro de su falda, coge un cigarrillo de un paquete de la mesa y mientras lo enciende, la mira y le pregunta.

-¿Cuáles son tus planes?
-Quiero vivir una temporada fuera. Quiero irme a Detroit. A trabajar como relaciones públicas.
-¿Y si a tu pareja no le importara irse contigo?
-Es imposible que no le importase. Dejaría muchas cosas por mí y no sería feliz. Yo no haría eso por él.

Más vino, más palabras, y ella continúa nerviosa y levantándose un poco del sofá para luego volver a sentarse, mesarse el cabello y hablar moviendo los brazos. Entonces el chico alto de la perilla, que no deja de fumar pero que de vez en cuando hace alguna pregunta aguda que aporta muchas cosas nuevas, dice, con su suave, inofensiva voz:

-¿Os gusta alguien ahora?
-No. A mí no. Ahora no quiero nada de eso.

Ella niega con la cabeza ostensiblemente y se echa hacia atrás en el sofá.

-¿Y a ti?

Abre los ojos como si hubiera estado en otro sitio hasta ese momento, enrojece, deja pasar unos segundos, toma un pequeño trago de vino y entonces dice con un tono sincero y convencido:

-Pues a mí sí.

Lentamente, la luz del día empieza a filtrarse por el ventanal de la sala. Nadie está cansado, hay todavía muchas cosas que discutir, pero ninguna cajetilla de tabaco tiene ya cigarros y una incomodidad elástica y ansiosa se transmite en el aire. Hasta que él le pone una mano en la rodilla, se incorpora y dice:

-Voy a comprar tabaco. ¿Quién me acompaña?

Y ella dice lo que estaba soñando escuchar en ese mismo momento.

-¡Yo voy contigo!

Afuera llueve. Pero los charcos de la acera son alegres y amigables. Ella le ha cogido del brazo y caminan los dos muy juntos bajo el paraguas. Puede oler fácilmente el aroma limpio de su cabello, lo hace una y otra vez sin que ella se dé cuenta, suben la calle poco a poco y a él le gustaría que no terminasen de recorrerla nunca.

-¿Crees que soy una persona interesante?
-Mucho -le dice ella. Pero eso ya te lo habrán dicho muchas chicas.
-¿Por qué lo crees?
-No sé... Me pareces muy atractivo... eres inteligente y culto.

Entran en un bar. Compran una cantidad exagerada de paquetes de tabaco. Después salen y antes de doblar la esquina, su cuello está tan moreno, tan cerca, que agacha la cabeza y lo besa con ternura. Sus ojos se encuentran. Ella lo mira insegura, desconcertada por unos instantes.

-¿Por qué has hecho eso?
-No lo he podido evitar.

Caminan sin decir nada. Pero no se separan.

-¿Ha sido un beso de amistad?
-No.

A la altura de un parque con el suelo de tierra húmedo, la besa de nuevo, esta vez en la sien, pero con la misma delicadeza. Le da la impresión de que la sangre le circula a golpes de velocidad que le dejan momentáneamente en blanco.

-¿Qué esperas de mí? ¿Quieres liarte conmigo?
-No sólo eso. Me gustas mucho.
-¿No te da miedo lo que he explicado de mí?
-¿Por qué?
-Ya sabes cuáles son mis planes.
-No me importa.
-¿Me acompañarías a Detroit?
-¿Por qué no?
-Podría funcionar mal.
-Aún falta mucho para eso.
-No me beses más, por favor.
-¿No te gusto?
-Sabes que no es eso. Pero no quiero que nada cambie.
-No tiene por qué cambiar nada. No tengo prisa.
-Quiero que nos conozcamos más y decidir poco a poco.
-Bien.

Suben al piso y siguen bebiendo, fumando y charlando con sus amigos durante varias horas más. A la hora de despedirse, le deja un CD de música brasileña porque ella ha dicho que le encanta, y aprovecha para darle un beso más, esta vez dentro de los cauces normales de la amistad más bienintencionada, y no obstante lo disfruta de la misma manera.

El resto del día procura no dejarse llevar por esa fuerza que brota sin orden, desde una parte profunda de su alma, y que le empuja a formular fantasías locas, a imaginar felicidades hipotéticas, a tumbarse en la cama sin hacer nada y recrearse en la sensación cálida y placentera que su vientre le proporciona en gloriosas ráfagas. Durante la semana se centra en la rutina y trata de controlar sus pensamientos, pero cada vez que suena el móvil el corazón le late rápido y le falta el aire, hasta que comprueba que no es ella. Seis días después, aún no sabe si le gustó el disco.

Se ha esforzado en que no sea de ese modo, pero al llegar a casa de su amigo debe reconocerse a sí mismo que quiere saber definitivamente si también estará ella. Llama al interfono, su amigo le abre y mientras sube las escaleras intenta escuchar su voz o, al menos, alguna pequeña pista de que anda por ahí. Cruza la puerta, recorre el pasillo hasta la habitación y su amigo está solo, sentado en el suelo y bebiendo una botella de vino.

-¡Ey!
-Buenas.

Le sirve una copa, se sienta en un cojín y la bebe sin hablar de lo que realmente desea, sin preguntar sobre lo que quiere saber. La luz de la habitación se le hace apagada, ajena a su presencia. No quiere darse cuenta, pero un vacío desolador le recorre las entrañas y piensa que la vida es un bosque de piedra solitario, laberíntico, silencioso y estéril. Únicamente escapa de esta sensación contundente cuando su amigo le dice que antes ha hablado con ella.

-Es verdad. ¿Por qué no ha venido?
-Estaba un poco cansada. Y tenía algunas cosas que hacer. Estudiar, creo.
-¿Estudiar?

Su amigo se levanta y hace clic en un archivo mp3. Los Smiths y sus guitarras otoñales abrigan la voz de Morrissey, el cual parece cantar sin ganas una frase que, sin embargo, suena extrañamente intensa y viva: y si un autobús doble choca contra nosotros, morir a tu lado sería una maravillosa manera de morir.

-Bueno, sí. Ya sabes que es una chica muy responsable.

martes, 8 de mayo de 2007

Mar

Martina, Mar para los amigos, es una chica muy guapa y dulce y agradable que acabó hace poco la carrera de traducción e interpretación y que ahora estudia un módulo de lenguaje de sordos. Ya casi es verano y se acaban las clases, y Mar se siente muy bien junto a su nuevo novio, una mole de casi dos metros que la lleva a discotecas y a Burger Kings y especialmente a Pastafiores, porque a ella le encanta la pizza. Se sientan en una mesa, piden, su novio le cuenta algo de la construcción en la que trabaja, y Mar, mientras tanto, piensa en que ese fin de semana le gustaría mucho ir al cumpleaños de su mejor amiga, Vanesa, en una sala de salsa y merengue.

(Pero le ha prometido a su novio que irá a verle a ese partido de fútbol tan importante para su equipo.)

Al día siguiente, Mar sale de su trabajo de teleoperadora, toma el metro y llega a casa. Su madre ya está preparando la comida y le pide que la ayude a poner la mesa. Después se sientan todos con el televisor encendido y nadie dice nada mientras engullen unos macarrones con foie-gras. A las cuatro, Mar sube al metro otra vez y va hacia el instituto donde estudia el módulo. Por el camino ve a una pareja y entonces se acuerda de un novio que tuvo hace un par de años. Un chico guapo y musculado y algo mayor que ella. Empezó a estudiar en ese instituto cuando todavía estaba con él. Le vienen a la mente los paseos por las Ramblas cogidos de la mano. Pero también recuerda muchas otras cosas.

Sus amigos siempre le decían que era un tipo muy extraño. Cuando iban a discotecas y se ponían todos en corrillo a bailar, él iba directo hacia la barra y tomaba un cubata tras otro porque no sabía divertirse de otra manera. A Mar también le agobiaba mucho su manía de pasarse varias horas visitando librerías y gastándose un dineral. Un día quiso regalarle un libro.

-A mí leer no me gusta -le dijo ella con total sinceridad.

Estuvieron juntos varios meses porque al fin y al cabo él la trataba muy bien. La invitaba a cenar a sitios caros y le pagaba los Smirnoff con Red-bull y era muy cariñoso, aunque no se relacionara demasiado con sus amigos. Y además siempre sabía darle una solución a sus problemas, encontraba el camino más lógico y correcto y por ese motivo le encantaba recibir su apoyo. Pero al pensar en esto, no puede evitar sentir una pequeña incomodidad, un vago resquicio de lo mismo que experimentaba aquellas noches que él se abrazaba a ella y le explicaba lo que le pasaba por dentro y ella quería dormir y se sentía fuera de lugar. A veces él se mostraba perdido y a Mar no le resultaba atractivo su desamparo. Prefería verlo con sus camisetas ajustadas, apoyado en la columna de una discoteca mientras esperaba a que ella saliese del lavabo, con un aspecto de chulo que hacía que el pulso le temblara y el corazón le enloqueciera.

Piensa en todo lo que llevó la relación a su fin. Por ejemplo, aquella vez que él la invitó a cenar a un sitio muy lujoso y con unos platos demasiado raros y un camarero que constantemente rellenaba la copa de vino. Mar nunca había visto esa cantidad en la cuenta de un restaurante, pero él puso la tarjeta sobre el plato con una amplia sonrisa y después le pasó el brazo por los hombros y salieron de allí envueltos por el tibio aire de primavera. Una semana después la invitó a un sitio mucho más modesto, donde pidieron una ensalada en la cual los trocitos de queso llevaban todavía enganchado el código de barras. Al salir, le preguntó si le había gustado. Y ella respondió sin pensar:

-Bueno, no está mal. Al menos es mejor que el del otro día.

Se enfadó mucho y ella no comprendía por qué, hasta el punto de que Mar quiso ir al metro y volver a casa, pero él le pidió que no se fuera y la abrazó de nuevo y todo se calmó. Sin embargo, fue el primero de una serie de sucesos similares, por ejemplo aquel que desencadenó la ruptura, cuando ella tenía clases por la tarde y le pidió que la acompañara al instituto. Fueron muy abrazados hasta allí pero, unos diez metros antes de llegar, Mar le dijo:

-Bueno, no me acompañes hasta la puerta. Sólo hasta aquí.

Y otra vez se encontró con ese comportamiento extraño. Su antiguo novio no la entendía cuando ella le explicó que si iba hasta allí con él, no podría hablar con sus amigos, y si hablaba con sus amigos, no podría hablar con él, y entonces se agobiaría y se sentiría mal. Lejos de ponerse en su lugar, él se dio media vuelta y se marchó y fue la última vez que se vieron como pareja. Aún recuerda lo que le decían sus amigos aquel mismo fin de semana:

-Tienes que dejarlo. Es un tío raro.
-Está loco.
-Es lo mejor para los dos. No te conviene.

El lunes siguiente quedaron para tomar algo y hablar de su situación.

-Tenemos que dejarlo.
-Mar, todavía te quiero...
-Es lo mejor para los dos. No... nos conviene.

Y Mar rememora todo eso, que ocurrió hace ya casi dos años, mientras alcanza el final de las Ramblas y tuerce la calle que le lleva a su instituto. Antes de llegar, piensa en un detalle que se queda agazapado en su cabeza mientras duran las clases. Al salir, busca en el móvil el número de su antiguo novio, que hace mucho tiempo que no utiliza. Duda un rato, se decide y después de unos minutos le manda este mensaje:

"Hola! K tal? Knto tiempo! Yo muy bien, casi de vacaciones. Oye, 1 cosa. Se k aveces te ves con Jaime. Podrias darle el libro k t deje y las dos pelis? Bsitos!"

Llega a casa y su madre le dice que la ha llamado Vanesa:

-¡Hola Vane!
-¿Qué tal, Mar? Oye, te vienes a mi cumpleaños, ¿no? Acuérdate de que es el sábado por la noche.
-Es que...
-¡Venga! Si estará genial. La sala de salsa está de vicio.
-¡Vale!

Mar cuelga, se sienta en la mesa junto a su familia, corta un pedazo de hamburguesa y se lo come mientras se concentra en la teleserie de los jueves.

martes, 1 de mayo de 2007

Consuelo

Consuelo vive en la calle de la Generalitat, justo en esa parte en la que suele pasearse un perrito blanco y lanudo que lleva meses cojeando, feliz, campechano a pesar de que su pata se quiebra hacia un lado cada vez que la apoya y le hace ir tambaleándose hacia delante. Seguramente, ahora Consuelo estará arriba jugando a la Playstation 2, cenará a las nueve, verá una película y a las once ya se habrá metido en la cama. Su cuarto está al final de un largo pasillo sin puertas y sólo tiene una cama de matrimonio rodeada por paredes blancas y un pequeño televisor a los pies, sobre un taburete.

Ahora tiene treinta años. Hace quince, cuando aún vivía con sus padres, se le empezó a llenar la piel de morados, se mareaba y no paraba de vomitar. Le detectaron leucemia, le hicieron un transplante de médula espinal y estuvo ingresada en el hospital durante un año y medio. Dormía en una sala con otros dos jóvenes que sufrían la misma enfermedad, y que acabaron muriendo a los pocos meses. También vio cómo morían los nuevos compañeros que los sustituyeron. Ahora sólo tiene que hacerse análisis cada tres meses, seguir una medicación estricta y cuidar su salud. Da igual que le insistas, no importa que repitas que sólo es una noche o que se trata de un día señalado: jamás beberá más de una copa.

Su aspecto físico parece hablar sobre lo que le ocurrió en la adolescencia. Es muy pequeña, con las manos minúsculas, casi infantiles, como si su metabolismo se hubiera detenido en pleno desarrollo. Y su cara podría resultar atractiva si no fuera porque sus labios son dos líneas muy finas, imperceptibles. La ropa que viste, demasiado inocente, demasiado contenida, no sirve para que en general emita destellos de sensualidad o de apetencia. Ella le echa la culpa a sus padres, sobreprotectores, pero lo cierto es que no evita hablar del sexo con un deliverado desprecio, con un orgullo de asco declarado y divulgado a quien le pregunta. Perdió la virginidad a los veintiocho años porque hasta entonces "no sentía la necesidad". Todo eso lo contará con su voz débil, aniñada, dulce, que por su tono parece autojustificarse en cada palabra y pedir disculpas por hacerse escuchar o por el mero hecho de existir.

Con su primer novio estuvo diez años. Entre otras cosas, la hizo bajarse del coche en el área de descanso de una autopista y se fue, rompió el armario de un hotel porque ella no quiso acceder a sus deseos carnales y desaparecía largas temporadas en las que se sometía a un tratamiento intensivo de cocaína y alcohol. Cuando decidió dejarlo, la familia del novio estuvo persiguiéndola por las calles varios meses, insultándola, recriminándole el sufrimiento amoroso de su hijo. Otro de sus novios le pedía dinero y nunca se lo devolvía. Y en cuanto al último, dejó de llamarla después de cinco meses de relación cuando un día se empeñó en comer en una hamburguesería y a ella no le apeteció. Es fácil saber cuándo Consuelo tiene novio, porque entonces deja de salir y se limita a pasar las noches con su pareja viendo las películas de Antena 3.

A la mayoría de ellos los ha encontrado por Internet. Tampoco exige demasiado. Muchas veces explica que si tuviera la oportunidad de elegir, preferiría no haber nacido. Se considera una tarada, y no sólo por su enfermedad, sino también porque carece de ramificaciones nerviosas en el aparato olfativo y es incapaz de percibir ningún olor. Cambia de ropa varias veces al día porque le aterroriza oler mal, y su cocina es eléctrica, ya que no podría detectar un escape de gas. Le avergüenza reconocer su carencia cuando alguien que no conoce demasiado insiste en lo bien que huele un plato de comida o en lo mucho que apesta una parte de la calle. Considera que sus incapacidades son suficientes para ahuyentar a cualquier persona normal. Ante cada nueva pareja es un reto tratar de descubrir en qué momento saltará la extravagancia, la rareza, la franca exhibición de su estatus de inadaptado.

Está contenta porque ha quedado tres veces con otro chico de Internet, pero le inquieta que no se quiera tomar ya las cosas en serio o aún no viva con ella. Le encantaría tener a un compañero mientras navega por diferentes chats, se compra juegos y accesorios para la consola, come una bolsa de Cheetos o ve la televisión. Así que ahora, en su vida, los días pasan expectantes, ilusionados, cargados de incomprensibles y estimulantes sucesos que están al caer. Junto a su portería pasa ahora ese perro de la pata quebrada, se come un hueso de pollo del suelo y se estira plácidamente en la parte de la acera donde todavía cae el sol. Su dueño ya ha pedido hora al día siguiente al veterinario para sacrificarlo.

lunes, 23 de abril de 2007

El insomnio de Jaime Poch

Jaime Poch da vueltas en la cama, son ya las cuatro de la mañana pero no puede dormir porque sus pensamientos se enmarañan con el estómago, que le agarra el alma como un cepo. Le pica todo el cuerpo, se gira, se medio duerme, se despierta otra vez y enseguida piensa en lo mismo: que nunca ha tenido novia y que lo más seguro es que nunca vaya a tenerla.

Incluso le cuesta ir por la calle porque no puede soportar la idea de ver a una pareja cogida de la mano. Con sus amigos ya hace tiempo que dejó de ir a discotecas por no ver a gente enrollándose. La semana pasada quedó con Francesc, en teoría uno de sus mejores amigos, y le devolvió el libro que éste le había dejado hacía poco. Mujeres, de Bukowski.

-¿Te ha gustado?
-Pues lo he dejado, porque en la página 8 el protagonista se lía con una chica y me he rayado.

No se siente capaz de gustar a nadie y tampoco afronta la idea de intentarlo. Un rechazo es para él un trauma profundo, un terremoto devastador en su historia personal, y teniendo en cuenta que cada vez que se mira en el espejo se deprime, prefiere ir pasando los días con la leve esperanza de que en algún momento las cosas cambien. Pero no pasa nunca. Sólo se ve con Marta, podría decirse que su mejor amiga si no fuera porque le parece infantil, poco interesante en líneas generales, demasiado bajita y gorda y con las orejas de soplillo. La verdad es que le avergüenza ir a su lado y que alguien piense que es su novia. Jaime aspira a una chica alta, rubia, con curvas, una chica parecida a cualquiera de las que aparecen en su colección de películas porno. Todo lo demás le da lo mismo.

-No quiero estar contigo porque me das asco físicamente -le dijo una vez a Marta, cuando a ella se le ocurrió preguntar por qué no podían ser pareja.

Le gustan las rusas. De hecho, se ha puesto en contacto con un conocido para que le pase un catálogo con fotografías de mujeres a las que podría tener por 3.000 euros. Ciudadanas rusas que por esa cantidad estarían una semana viviendo con él, de cara a un futuro matrimonio que las sacaría de su país. Es una idea que tiene en estudio y que en cierto modo, ahora que la oscuridad le agobia, que cualquier ruido de la calle quiebra el más mínimo atisbo de sueño, le consuela, le parece una salida adecuada a su situación.

Al día siguiente ha quedado de nuevo con Francesc. Siempre evita pensar en el hecho de que es el novio de la amiga inseparable de Marta, Elena, joven, voluptuosa, de cara aniñada y ojos verdes. Aunque ahora no les va muy bien, jamás los habría presentado si hubiese intuido que podía surgir la chispa entre ellos. Ya hace dos años que son novios, pero Jaime no deja de masturbarse pensando en sus grandes pechos. Por otro lado, y como ya le ha dicho a Francesc, se niega a quedar en plan de parejas. No soporta ver cómo los demás sí han conseguido su dosis de cariño con una novia guapa, y no con un desecho como Marta.

Se encuentra con él en Plaza Universidad y caminan hacia la cervecería Luxemburgo.

-Vaya, se me ha olvidado sacar dinero -dice Jaime, una vez dentro.
-No importa, ya te invito yo -piensa Francesc, aunque por dentro le incomoda la sensación de que esos despistes de Jaime, siempre cuando ya están dentro del bar, son demasiado frecuentes.

Francesc le empieza a explicar sus problemas con Elena. De todos modos, se le hace muy extraño hablar de asuntos personales con Jaime. Las conversaciones con él normalmente giran en torno a nuevas marcas de reproductores Mp3, auriculares con componentes especiales o juegos de ordenador. Sin embargo, ese día necesita que alguien le escuche.

-Elena y yo somos muy distintos. A veces me siento muy frustrado porque no nos entendemos, y me da por pensar que quizá lo mejor sería dejarlo.
-Bueno, no sé. Tú mismo.
-Por cierto, no le cuentes nada de esto a Marta. Ya sabes que no se calla y se lo diría todo a Elena.
-Claro, tranquilo.

Salen de la cervecería y deciden ir al bar Inside. En el camino, Francesc le recuerda que tiene que sacar dinero. Cuando llegan y el camarero les toma nota, Jaime dice:

-Yo de momento no tomaré nada.

Y Francesc saben que saldrán de allí sin que su amigo beba nada en absoluto.

Se despiden en Plaza Cataluña y Jaime entra al Fnac. Sube al segundo piso, durante media hora examina todos los auriculares expuestos y al final se compra uno con gomas reforzantes y enganches de oro por 350 euros. Toma el metro, baja en su barrio y va a buscar a Marta. Han quedado para pasear hasta la hora de la cena.

-¿Cómo te ha ido con Francesc? -le pregunta la chica mientras caminan hacia la rambla.
-Bien. Me ha dicho que quiere dejarlo con Elena porque ya no la aguanta más.
-¿En serio?

Cuando Jaime Poch llega a casa, introduce los auriculares en su equipo de música, pone un CD y piensa que las gomas reforzantes hacen que los bajos suenen con una frecuencia de sonido más rica.

lunes, 16 de abril de 2007

El vampiro está muy cerca de ti

No puede dejar de mirarlo, está tan guapo en la barra, con una rodilla suave y elegantemente apoyada en el mostrador, y cada vez que levanta la copa un anillo en su mano izquierda emite un destello de clase y armonía. No habla con nadie, parece que ha venido solo y mira hacia delante con cierto misterio, está claro que en su interior se esconde una tortura inexplicable, agazapada como una serpiente venenosa que le está picando las entrañas. Quizá un amor perdido, mejor aún, una novia a la que quiso mucho y que murió en un accidente de tráfico o por una enfermedad.

La americana blanca le queda perfecta, le distingue del resto, de la masa anónima de chicos que se le han ido acercando hoy y que ella ha rechazado, porque no tienen nada que decirle y porque es imposible hacer caso a medianías excitadas cuyo aliento apesta a alcohol. Además, él parece no haberse fijado en ninguna, pues quizá está por encima de todas esas cosas, y en realidad le bastaría con chasquear los dedos para que las chicas le rodearan. Sin embargo, no busca sexo rápido, sino alguien que consuele su alma y que le salve con amor y cariño, alguien que le sorprenda poco a poco y que le extirpe de cuajo su dolor. Se le ve tan seguro en su soledad, tan firme en su suplicio, que abruma y dan ganas de dejarse abrazar hasta desaparecer en su interior, de caer en sus redes y dejarse arrastrar por ellas hacia mares secretos y de belleza inimaginable. Le sorprende su camiseta negra con el rostro de alguien que no le suena, una cara de ojos muy abiertos, obsesivos, probablemente obra de un diseñador exquisito y caro.

Observa que termina su copa y llama a la camarera para que le ponga otra. Ésta entorna los ojos y mientras llena el vaso le sonríe de una manera en la que probablemente no lo habrá hecho con nadie más esa noche. Su corazón late más rápido porque entonces es consciente de que embriagada por su presencia, no ha tenido en cuenta que el local está lleno de rivales que pueden arrebatárselo en cualquier momento y apartarlo de su vida para siempre. Y aprieta el puño y enciende un cigarrillo nerviosa cuando la camarera empieza a hablarle, pero entonces él le dice algo y la sonrisa de la chica se convierte primero en un gesto de sorpresa y después de indignación, se da la vuelta y se aleja, y él permanece ahí sin inmutarse, como el personaje principal de una película. Quizá ha rechazado educadamente una sugerencia de verse despúes. La camarera no ha entendido nada, no sabe que delante no hay uno de esos jóvenes guapos y fáciles que pueblan la noche.

Ve lo que ha pasado como una señal. Si no se decide, lo perderá. Quiere intentarlo aunque él no le ha devuelto ni una sola mirada. Se lo toma como un reto personal. Trata de controlar los nervios mientras se acerca. Y ya lo tiene al lado, y escucha su propia voz intentando aparentar control de la situación.

-¿No deberías dejar ya de beber?
-No lo creo.

Él le sonríe, sus dientes son blancos y están perfectamente colocados, y además la mira a los ojos, una mirada profunda y honesta a través de dos círculos azules que lanzan rayos de encanto. Al inclinarse para escucharla también puede percibir un aroma fresco, marino y almizclado de un perfume que no conoce, o que al menos no es el típico Hugo Boss, y por si esto no bastara para desarmarla, su voz es cálida, sensual, masculina pero refinada, con el punto justo de dulzura y seducción. El chico mira de nuevo hacia el mostrador, coge la copa y bebe lentamente mientras mantiene su mirada. En la muñeca lleva un reloj Armand Bassi brillante y de correa blanca. Y a ella se le agolpan las palabras e intenta mantener la compostura, pero nota que su entrepierna se ha humedecido y que está literalmente rendida en la palma de su mano.

-¿Cómo te llamas?
-Ferran.
-¿Bailamos?
-Mira, mejor que no. Esto es un coñazo. ¿Vamos a mi casa a tomar otra copa?

Se dice a sí misma que está loca cuando salen del local, pero no puede evitar tomarle fuertemente del brazo, se siente extrañamente feliz y llena y surcando la noche como en una pista de hielo. Montan en su coche, un Audi TT de color inmaculadamente blanco. Él se enciende un cigarrillo y pone una música bossa-nova que parece la banda sonora de una película romántica. Conduce con tranquilidad y firmeza, ella pone la mano en su rodilla y se la acaricia.

-He visto cómo la camarera intentaba ligarte.
-¿Ah, sí?
-Te ha dado la espalda. ¿Qué le has dicho?
-Le he preguntado si le gustaba el sexo oral.

Ella estalla en una carcajada.

-¿En serio?

Pero él no se ríe, sigue conduciendo y fumando su cigarrillo, sin decir nada. Empieza a circular por una larga y solitaria carretera de muros pintados. No hay ni un alma por la calle. En el poliedro de ilusiones que hasta entonces ha invadido su cabeza, empieza a introducirse una cierta inquietud, una vaga e incómoda tensión que trata de apagar pensando en otra cosa. Quizá está yendo demasiado rápido y ha sido imprudente al no considerar que no conoce de nada al tipo que ahora la está llevando a su guarida. Respira hondo y se ajusta la falda a las rodillas.

Paran en un semáforo. El chico se gira hacia ella con una sonrisa poderosa, se acerca y le da un beso delicioso y sensible, con un pequeño punto de humedad que lo hace muy excitante. Vuelve a caer a sus pies. Cuando el semáforo se pone en verde, la sangre calienta otra vez sus muslos y sus pechos, y él conduce tranquilo e impasible.

Entonces enfilan una carretera llena de árboles a los lados. Por la ventanilla entra el canto de los grillos y ya apenas se cruzan con ningún coche. Se le empieza a hacer incómodo el silencio.

-¿Quién es el tío que sale en tu camiseta?
-Charles Manson. Uno de mis ídolos.
-¿Un diseñador?
-No. Alguien que montó una secta e iba por ahí matando a ricos en sus casas. Una de esas mujeres estaba embarazada y le arrancaron el feto del útero.

Se quedan callados otra vez. Y ella experimenta una sensación de peligro que crece a partir de su estómago, y que ya no se extingue. Ahora sospecha de su extraña sonrisa y le capta un matiz malvado que hasta entonces le había pasado desapercibido. Piensa en chicas raptadas, violadas y torturadas hasta morir. Imagina su cuerpo desnudo y putrefacto entre arbustos y piedras. Se fija otra vez en la cara de su camiseta. Los ojos de ese tipo están locos, idos, expresan barbarie, caos y muerte, se arrepiente de no haberse dado cuenta antes. Y la actitud impasible y sonriente de él hace más extraña y fría la situación. Tiene miedo y quiere irse.

-¿Puedes parar un momento?
-¿Para qué?
-Tengo que mear.
-Ahora tomamos la autopista y enseguida estamos en mi casa. ¿No puedes esperar un rato?
-Tiene que ser ahora.
-Muy bien.

Para suavemente a un lado de la acera. Sólo piensa en salir de ahí lo más rápido posible. Pero él intenta besarla otra vez y entonces no puede mantener la calma. Lo aparta con un empujón demasiado agresivo como para aparentar que no ocurre nada. Abre la puerta y sale corriendo. Escucha que él también sale.

-¿Pero qué pasa?
-Si te acercas más, me pongo a gritar.
-¿Qué te he hecho?

No le responde. Su figura se pierde al final de la carretera entre ruidos de tacones y jadeos.

Vuelve al coche, arranca y se mete en la autopista. Cambia de marchas con una mano torpe y temblorosa.

Cuando llega a casa, su gato aparece del fondo del pasillo ronroneando. Se agacha y lo acaricia, y el gato se tumba con cara de felicidad. Pero entonces se le dilatan las pupilas y se incorpora de un salto. Ha visto una araña que camina por el comedor y que se ha colado por la galería. Se acerca con sigilo, a punto de atacarla. Él se adelanta y después de atrapar a su gato, lo encierra en el pasillo. Abre un cajón y arranca una hoja de una libreta. Aproxima su borde a la araña, hasta que ésta sube encima. Sale al balcón, elige la maceta más grande y allí inclina la hoja para que la araña caiga suavemente en la tierra.

viernes, 6 de abril de 2007

Jaime Poch en el metro

Ese chico que está ahí sentado, acurrucado al final de la línea de asientos del vagón de metro, apretando una carpeta con sus brazos, con la cabeza parcialmente calva y dejando escapar una mirada de desconfianza por encima de sus gafas de pasta, es ni más ni menos que Jaime Poch. Ha salido a las siete de la empresa donde trabaja como informático, ha cogido el metro en Paseo de Gracia y ahora espera a que llegue su estación mientras observa a la gente que entra.

Un tipo gordo se sienta a su lado y Jaime se ve obligado a apretar sus hombros estrechos en torno a la carpeta. Está incómodo, aunque se olvida enseguida cuando entra un grupo de jóvenes que se arremolinan junto a una de las puertas. No deben de tener más de dieciocho años. Hablan en voz alta y a risotadas, y entre ellos hay una pareja que se abraza y se mete mano. Se fija en el novio. Lleva gafas de sol dentro del vagón. "Menudo subnormal", piensa. Pero su chica no está nada mal. Viste unos tejanos apretados que le marcan un culo respingón y carnoso. Justo cuando Jaime repara en él, su novio pone sus manos repletas de anillos encima y se lo aprieta con fuerza.

En ese grupo hay también dos chicas muy guapas hablando entre sí sobre los exámenes. Están perfectamente maquilladas, sus cortes de pelo parecen creados para un pase de modelos, sus cuerpos son todo curvas apretadas por telas ínfimas, huelen a perfumes caros. A Jaime se le va todo el rato la vista hacia ellas. Le mueve una especie de fascinación estética y un primitivo instinto sexual que le sugiere que se levante en ese mismo momento, les arranque la ropa y se las folle de una manera brutal y sin concesiones. Pero justo cuando empieza a imaginar ese tipo de cosas, el resentimiento hace que se le encoja el estómago. La verdad es que no tiene nada que hacer con ellas. Como mucho se reirían de él. Tiene treinta años y su única experiencia sexual fue con una puta cuando cumplió los veintiséis.

El chico de las gafas de sol le está comiendo la boca obscenamente a su novia y después le toca las tetas. "¿Cómo puede estar con ese gilipollas?". Se indigna. Él le ofrecería cariño y ternura, le haría regalos cada día, la protegería y la trataría como a nadie. Siente compasión hacia sí mismo y levanta el brazo para rascarse la barbilla. Lo baja enseguida porque de la axila le llega un olor espeso y agresivo.

El cartel indicativo informa de que la siguiente parada es Clot. Se levanta y camina hacia la puerta. Los chicos también bajan ahí. Tiene justo detrás al tipo de las gafas de sol, que bromea con sus amigos. Experimenta entonces un ramalazo de algo parecido al orgullo. Se siente seguro y casi sonríe. Le da mil patadas a ese chaval. Él es mucho más sensible y más capaz de apreciar...

-¿Te bajas o qué, pasmao?

Jaime se paraliza. "No puede ser". La puerta se abre y antes de que le dé tiempo a reaccionar, el grupo pasa a su lado casi atropellando. Está claro lo que ha ocurrido: lo han tratado como una cucaracha miserable y él se ha dejado pisar, como siempre, porque no tiene carácter y es un cobarde. Una sensación gris y pesada le abruma al enfilar las escaleras mecánicas.

Intenta pensar en otra cosa mientras camina por la calle. Sube las escaleras de su edificio, abre la puerta y saluda a su compañero de piso y a su novia, que están viendo una película picando de un cuenco lleno de palomitas. Cruza el pasillo y lo primero que ve cuando llega a su habitación y enciende la luz, es el rollo de papel higiénico que preside su mesita de noche.