lunes, 16 de abril de 2007

El vampiro está muy cerca de ti

No puede dejar de mirarlo, está tan guapo en la barra, con una rodilla suave y elegantemente apoyada en el mostrador, y cada vez que levanta la copa un anillo en su mano izquierda emite un destello de clase y armonía. No habla con nadie, parece que ha venido solo y mira hacia delante con cierto misterio, está claro que en su interior se esconde una tortura inexplicable, agazapada como una serpiente venenosa que le está picando las entrañas. Quizá un amor perdido, mejor aún, una novia a la que quiso mucho y que murió en un accidente de tráfico o por una enfermedad.

La americana blanca le queda perfecta, le distingue del resto, de la masa anónima de chicos que se le han ido acercando hoy y que ella ha rechazado, porque no tienen nada que decirle y porque es imposible hacer caso a medianías excitadas cuyo aliento apesta a alcohol. Además, él parece no haberse fijado en ninguna, pues quizá está por encima de todas esas cosas, y en realidad le bastaría con chasquear los dedos para que las chicas le rodearan. Sin embargo, no busca sexo rápido, sino alguien que consuele su alma y que le salve con amor y cariño, alguien que le sorprenda poco a poco y que le extirpe de cuajo su dolor. Se le ve tan seguro en su soledad, tan firme en su suplicio, que abruma y dan ganas de dejarse abrazar hasta desaparecer en su interior, de caer en sus redes y dejarse arrastrar por ellas hacia mares secretos y de belleza inimaginable. Le sorprende su camiseta negra con el rostro de alguien que no le suena, una cara de ojos muy abiertos, obsesivos, probablemente obra de un diseñador exquisito y caro.

Observa que termina su copa y llama a la camarera para que le ponga otra. Ésta entorna los ojos y mientras llena el vaso le sonríe de una manera en la que probablemente no lo habrá hecho con nadie más esa noche. Su corazón late más rápido porque entonces es consciente de que embriagada por su presencia, no ha tenido en cuenta que el local está lleno de rivales que pueden arrebatárselo en cualquier momento y apartarlo de su vida para siempre. Y aprieta el puño y enciende un cigarrillo nerviosa cuando la camarera empieza a hablarle, pero entonces él le dice algo y la sonrisa de la chica se convierte primero en un gesto de sorpresa y después de indignación, se da la vuelta y se aleja, y él permanece ahí sin inmutarse, como el personaje principal de una película. Quizá ha rechazado educadamente una sugerencia de verse despúes. La camarera no ha entendido nada, no sabe que delante no hay uno de esos jóvenes guapos y fáciles que pueblan la noche.

Ve lo que ha pasado como una señal. Si no se decide, lo perderá. Quiere intentarlo aunque él no le ha devuelto ni una sola mirada. Se lo toma como un reto personal. Trata de controlar los nervios mientras se acerca. Y ya lo tiene al lado, y escucha su propia voz intentando aparentar control de la situación.

-¿No deberías dejar ya de beber?
-No lo creo.

Él le sonríe, sus dientes son blancos y están perfectamente colocados, y además la mira a los ojos, una mirada profunda y honesta a través de dos círculos azules que lanzan rayos de encanto. Al inclinarse para escucharla también puede percibir un aroma fresco, marino y almizclado de un perfume que no conoce, o que al menos no es el típico Hugo Boss, y por si esto no bastara para desarmarla, su voz es cálida, sensual, masculina pero refinada, con el punto justo de dulzura y seducción. El chico mira de nuevo hacia el mostrador, coge la copa y bebe lentamente mientras mantiene su mirada. En la muñeca lleva un reloj Armand Bassi brillante y de correa blanca. Y a ella se le agolpan las palabras e intenta mantener la compostura, pero nota que su entrepierna se ha humedecido y que está literalmente rendida en la palma de su mano.

-¿Cómo te llamas?
-Ferran.
-¿Bailamos?
-Mira, mejor que no. Esto es un coñazo. ¿Vamos a mi casa a tomar otra copa?

Se dice a sí misma que está loca cuando salen del local, pero no puede evitar tomarle fuertemente del brazo, se siente extrañamente feliz y llena y surcando la noche como en una pista de hielo. Montan en su coche, un Audi TT de color inmaculadamente blanco. Él se enciende un cigarrillo y pone una música bossa-nova que parece la banda sonora de una película romántica. Conduce con tranquilidad y firmeza, ella pone la mano en su rodilla y se la acaricia.

-He visto cómo la camarera intentaba ligarte.
-¿Ah, sí?
-Te ha dado la espalda. ¿Qué le has dicho?
-Le he preguntado si le gustaba el sexo oral.

Ella estalla en una carcajada.

-¿En serio?

Pero él no se ríe, sigue conduciendo y fumando su cigarrillo, sin decir nada. Empieza a circular por una larga y solitaria carretera de muros pintados. No hay ni un alma por la calle. En el poliedro de ilusiones que hasta entonces ha invadido su cabeza, empieza a introducirse una cierta inquietud, una vaga e incómoda tensión que trata de apagar pensando en otra cosa. Quizá está yendo demasiado rápido y ha sido imprudente al no considerar que no conoce de nada al tipo que ahora la está llevando a su guarida. Respira hondo y se ajusta la falda a las rodillas.

Paran en un semáforo. El chico se gira hacia ella con una sonrisa poderosa, se acerca y le da un beso delicioso y sensible, con un pequeño punto de humedad que lo hace muy excitante. Vuelve a caer a sus pies. Cuando el semáforo se pone en verde, la sangre calienta otra vez sus muslos y sus pechos, y él conduce tranquilo e impasible.

Entonces enfilan una carretera llena de árboles a los lados. Por la ventanilla entra el canto de los grillos y ya apenas se cruzan con ningún coche. Se le empieza a hacer incómodo el silencio.

-¿Quién es el tío que sale en tu camiseta?
-Charles Manson. Uno de mis ídolos.
-¿Un diseñador?
-No. Alguien que montó una secta e iba por ahí matando a ricos en sus casas. Una de esas mujeres estaba embarazada y le arrancaron el feto del útero.

Se quedan callados otra vez. Y ella experimenta una sensación de peligro que crece a partir de su estómago, y que ya no se extingue. Ahora sospecha de su extraña sonrisa y le capta un matiz malvado que hasta entonces le había pasado desapercibido. Piensa en chicas raptadas, violadas y torturadas hasta morir. Imagina su cuerpo desnudo y putrefacto entre arbustos y piedras. Se fija otra vez en la cara de su camiseta. Los ojos de ese tipo están locos, idos, expresan barbarie, caos y muerte, se arrepiente de no haberse dado cuenta antes. Y la actitud impasible y sonriente de él hace más extraña y fría la situación. Tiene miedo y quiere irse.

-¿Puedes parar un momento?
-¿Para qué?
-Tengo que mear.
-Ahora tomamos la autopista y enseguida estamos en mi casa. ¿No puedes esperar un rato?
-Tiene que ser ahora.
-Muy bien.

Para suavemente a un lado de la acera. Sólo piensa en salir de ahí lo más rápido posible. Pero él intenta besarla otra vez y entonces no puede mantener la calma. Lo aparta con un empujón demasiado agresivo como para aparentar que no ocurre nada. Abre la puerta y sale corriendo. Escucha que él también sale.

-¿Pero qué pasa?
-Si te acercas más, me pongo a gritar.
-¿Qué te he hecho?

No le responde. Su figura se pierde al final de la carretera entre ruidos de tacones y jadeos.

Vuelve al coche, arranca y se mete en la autopista. Cambia de marchas con una mano torpe y temblorosa.

Cuando llega a casa, su gato aparece del fondo del pasillo ronroneando. Se agacha y lo acaricia, y el gato se tumba con cara de felicidad. Pero entonces se le dilatan las pupilas y se incorpora de un salto. Ha visto una araña que camina por el comedor y que se ha colado por la galería. Se acerca con sigilo, a punto de atacarla. Él se adelanta y después de atrapar a su gato, lo encierra en el pasillo. Abre un cajón y arranca una hoja de una libreta. Aproxima su borde a la araña, hasta que ésta sube encima. Sale al balcón, elige la maceta más grande y allí inclina la hoja para que la araña caiga suavemente en la tierra.

viernes, 6 de abril de 2007

Jaime Poch en el metro

Ese chico que está ahí sentado, acurrucado al final de la línea de asientos del vagón de metro, apretando una carpeta con sus brazos, con la cabeza parcialmente calva y dejando escapar una mirada de desconfianza por encima de sus gafas de pasta, es ni más ni menos que Jaime Poch. Ha salido a las siete de la empresa donde trabaja como informático, ha cogido el metro en Paseo de Gracia y ahora espera a que llegue su estación mientras observa a la gente que entra.

Un tipo gordo se sienta a su lado y Jaime se ve obligado a apretar sus hombros estrechos en torno a la carpeta. Está incómodo, aunque se olvida enseguida cuando entra un grupo de jóvenes que se arremolinan junto a una de las puertas. No deben de tener más de dieciocho años. Hablan en voz alta y a risotadas, y entre ellos hay una pareja que se abraza y se mete mano. Se fija en el novio. Lleva gafas de sol dentro del vagón. "Menudo subnormal", piensa. Pero su chica no está nada mal. Viste unos tejanos apretados que le marcan un culo respingón y carnoso. Justo cuando Jaime repara en él, su novio pone sus manos repletas de anillos encima y se lo aprieta con fuerza.

En ese grupo hay también dos chicas muy guapas hablando entre sí sobre los exámenes. Están perfectamente maquilladas, sus cortes de pelo parecen creados para un pase de modelos, sus cuerpos son todo curvas apretadas por telas ínfimas, huelen a perfumes caros. A Jaime se le va todo el rato la vista hacia ellas. Le mueve una especie de fascinación estética y un primitivo instinto sexual que le sugiere que se levante en ese mismo momento, les arranque la ropa y se las folle de una manera brutal y sin concesiones. Pero justo cuando empieza a imaginar ese tipo de cosas, el resentimiento hace que se le encoja el estómago. La verdad es que no tiene nada que hacer con ellas. Como mucho se reirían de él. Tiene treinta años y su única experiencia sexual fue con una puta cuando cumplió los veintiséis.

El chico de las gafas de sol le está comiendo la boca obscenamente a su novia y después le toca las tetas. "¿Cómo puede estar con ese gilipollas?". Se indigna. Él le ofrecería cariño y ternura, le haría regalos cada día, la protegería y la trataría como a nadie. Siente compasión hacia sí mismo y levanta el brazo para rascarse la barbilla. Lo baja enseguida porque de la axila le llega un olor espeso y agresivo.

El cartel indicativo informa de que la siguiente parada es Clot. Se levanta y camina hacia la puerta. Los chicos también bajan ahí. Tiene justo detrás al tipo de las gafas de sol, que bromea con sus amigos. Experimenta entonces un ramalazo de algo parecido al orgullo. Se siente seguro y casi sonríe. Le da mil patadas a ese chaval. Él es mucho más sensible y más capaz de apreciar...

-¿Te bajas o qué, pasmao?

Jaime se paraliza. "No puede ser". La puerta se abre y antes de que le dé tiempo a reaccionar, el grupo pasa a su lado casi atropellando. Está claro lo que ha ocurrido: lo han tratado como una cucaracha miserable y él se ha dejado pisar, como siempre, porque no tiene carácter y es un cobarde. Una sensación gris y pesada le abruma al enfilar las escaleras mecánicas.

Intenta pensar en otra cosa mientras camina por la calle. Sube las escaleras de su edificio, abre la puerta y saluda a su compañero de piso y a su novia, que están viendo una película picando de un cuenco lleno de palomitas. Cruza el pasillo y lo primero que ve cuando llega a su habitación y enciende la luz, es el rollo de papel higiénico que preside su mesita de noche.

jueves, 29 de marzo de 2007

La chica del tren

Hace dos años cogía el tren dos veces por semana, y la veía siempre en el mismo vagón, sentada junto a una mujer rubia y un hombre ya algo maduro. Conversaban a ratos entre sí porque eran compañeros de trabajo. Su cara me parecía delicada, de piel pálida y facciones orientadas a la sonrisa, los ojos muy ingenuos, muy verdes y abiertos. De alguna manera transpiraba sinceridad, bondad, maldad inocente y burlona. Me encantaba verla jugar a un miniparchís con su compañera, hasta que llegaba su estación y se bajaba.

Despertaba en mí una especie de idealismo romántico, una fantasía loca que me hacía tomar el tren con una sonrisa. "En otras circunstancias, probablemente nos habríamos enamorado", pensaba mientras la veía salir del vagón y me hacía el despistado con el libro que leía. Hay ciertas épocas de la vida que recuerdo con nostalgia por vagos detalles como éste, aunque sean puros sueños y divagaciones que no llevan a ninguna parte. Luego me olvidaba y no volvía a pensar en ella hasta que la encontraba otra vez, en el mismo sitio, con la misma gente.

Hace un par de días, volví a tomar ese tren casualmente. Me senté, me puse los auriculares y topé con unos ojos y una sonrisa que ya había visto antes y que transmitían calidez. Ella estaba justo delante de mí, también con aquel tipo maduro, pero con una novedad: a su lado, un joven extendía las piernas sin preocuparse demasiado. Llevaba pendientes, cadenas y anillos de oro, piercings y uno de esos rapados a lo mohicano que ahora están de moda entre determinados sectores de infraseres. Y todo eso rematado con una chaqueta deportiva molona y unos tejanos repletos de bolsillos.

El hombre maduro se bajó en su parada y se quedaron solos él y ella. Primero habló aquel tipo. Tenía una voz ronca, grosera, de palabras secas y rasposas como una mierda aguantada durante días. Y cada vez que se reía daba la impresión de estar más bien rebuznando. Extendió una mano y le cogio la suya. "Así que son novios". Poco después se sentó a su lado y empezaron a besarse, bien abrazaditos, ella con los ojos cerrados y expresión absorta, degustando cada segundo de aquel momento.

En unos asientos algo más a la derecha también había un chico y una chica, pero en una actitud muy distinta. La chica le hablaba de historia del arte. Él se limitaba a dar su opinión desde un conocimiento evidente del tema, haciendo uso de un lenguaje culto y refinado, cuidadoso y preciso, en ningún momento pedante. Hablaban con un tono de voz normal, incluso sosegado, pero en el vagón había poca gente y cualquier palabra podía oírse a unos pocos metros. Justo cuando él estaba hablando de un dialecto antiguo, se hizo un silencio y se le pudo oír claramente. Como un resorte, el tipo de delante de mí dejó de besar a su novia y le observó fijamente. Y entonces graznó:

-¿Pero qué le pasa a ese pavo?

Y se rió con su rebuzno, y ella también se rió. El joven al que se refería lo miró, pero no hizo nada más, aunque dada su constitución y su estatura podría haberlo tumbado fácilmente si hubiese querido. La pareja siguió besándose, el joven continuó hablando de dialectos antiguos y todo quedó ahí hasta que el novio se levantó, le dio un beso y le dijo un "adiós" con una voz cavernosa que parecía venir desde la más profunda de las resacas. Allí se quedó ella, otra vez con su aspecto cándido, ilusionado, burlón, que siempre había tenido y que me había cautivado, pero ahora con las bragas mojadas.

Cuando me bajé en mi estación, vi en el andén a una chica que me resultó familiar. Enseguida me acordé de que antes, cuando iba a la universidad, solía estar ahí, esperando el tren en idéntico sitio. Siempre me había llamado la atención su retorcida, inexplicable fealdad, de sorprendentes y grotescos matices. Seguía ahí tal cual, sin que el tiempo hubiera realizado cambio alguno en su cara, en su pose, en su espera de mujer fea de la que nadie se acuerda hasta que pasados los años parece reivindicar su lugar propio en nuestra vida.

jueves, 22 de marzo de 2007

El trabajo y los idealismos

Hace siete años empecé a trabajar en una empresa de traducciones. Entraba a las nueve y me iba a las siete, salvo cuando era temporada alta, que había que quedarse al menos una hora más (es decir, casi siempre), y por supuesto, sin recibir nada a cambio. El sistema de sueldo que se empleaba resultaba bastante curioso: el sueldo base era una miseria, un chiste, un asunto ridículo, y había que complementarlo con las "primas", cuyo sentido era tan enigmático que no me extrañaría verlas tratadas algún día en Milenio 4. Teóricamente las primas se asignaban según unos cánones de producción, que al final no servían para nada porque el jefe de la empresa las quitaba y las ponía a su gusto.

Me pasé el primer año cobrando poco más del sueldo base. Vi a gente que pasaban en la oficina la mayor parte del día. Arrastraban sus cuerpos miserables, deformados por una vida tan sedentaria y apagada, siempre de un lado para el otro con algo que hacer. Cuando llegaba, parecía que ellos ya llevaban allí varias horas, y cuando me iba, seguían muy ocupados y les quedaba para largo. Vi abusos, traiciones, fidelidades hacia el jefe rotas y otras que se establecían de repente, gente a la que se le marginaba en un despacho sin iluminación y otros que se convertían en los nuevos cabecillas. Aquella empresa era una sonora carcajada a las leyes y estatutos de los trabajadores, a los salarios dignos, al trato humanitario y a cualquier palabra de esas que suenan bien y comprometidas.

De repente, alguien cayó en desgracia y los ojos del jefe, sin yo pretenderlo, se enfocaron directamente en mí. Siempre había ofrecido buenos resultados y además no era un trabajador problemático. Mi sueldo subió espectacularmente de la noche a la mañana, se hicieron oficiales algunas responsabilidades que ya me habían hecho tomar siendo un trabajador normal, y mi margen de escaqueo se incrementó exponencialmente. Se alargaba frente a mí un feliz y brillante futuro profesional: ganar mucho dinero, no dar ni golpe y limitarme a caerle bien al jefe y a no generarle problemas.

Y es aquí cuando llega algo de lo que me voy a arrepentir toda mi vida, y que fue fruto de la inexperiencia y de conservar todavía por entonces ciertos abstractos ideales de justicia laboral e idioteces así. El problema tuvo su origen en mis compañeras de departamento, todas chicas, de modo que se pasaban el día dando por culo con las intrigas de la empresa y con su indignación hacia las injusticias del diabólico jefe. Una de ellas contactó con Comisiones Obreras. Su idea era convocar elecciones para el comité de empresa, órgano que en principio serviría para limitar todos esos abusos. Me dejé llevar por el idealismo de estar haciendo algo correcto, así que yo también formé parte de la lista que se presentó al jefe. Por otro lado, recuerdo que a los de Comisiones Obreras les preguntamos si nuestro sueldo se podría ver afectado en caso de represalia del jefe (lo cual era muy probable). Su respuesta fue: "Imposible. Aunque os quitaran las primas, podríais denunciarle y ganaríais claramente".

Se convocaron elecciones. Ganamos (la otra lista, presentada por UGT, estaba formada por todos aquellos advenedizos que querían representar al jefe y de esta manera ganar estatus). Al mes siguiente, mi sueldo perdió toda prima posible y volvía a ser esos esqueléticos, anémicos, desnutridos números del principio. Acudí rápidamente a Comisiones Obreras. Y me respondieron: "Vaya. Pues no, no se puede hacer nada mientras no te toquen el sueldo base". Ellos ya habían ganado una representación más y les daba igual todo.

Hoy, en una situación similar, no hubiera actuado para nada de esta manera. Por entonces me dejé arrastrar por la presión de la amistad y de los ideales. No estaba convencido, como lo estoy ahora, de que cualquier trabajo es una puta mierda que hipoteca parte de nuestra vida, un mecanismo perverso que obliga a estar ocupado muchas horas al día a cambio de un sueldo y de unos pocos días de vacaciones que jamás compensarán esta pérdida, y que por lo tanto sólo es valioso según lo poco que interfiera en nuestra vida privada.

Aquello me demostró que al final todo el mundo busca su propio interés y que ejercer de revolucionario sin esperar nada a cambio equivale a ser un pardillo.

martes, 13 de marzo de 2007

Mangaku Musume

Lo reconozco. Esta vez debo rendirme a Viruete. Y no por el artículo que acabo de enlazar, que me parece una puta mierda, sino por el vídeo que me ha hecho descubrir. Aquí está:



No os engañéis a vosotros mismos, seguro que volvéis a verlo varias veces más. Hay que reconocer que la canción es pegadiza, y además las chicas cantan muy bien. Pero no todo se reduce a eso. Porque este vídeo está en la fina línea que separa la vergüenza ajena del desparpajo, lo abominable de lo genial. Me gusta mucho ese terreno incierto y nebuloso.

Las Mangaku Musume, sus autoras, son uno de esos grupos de chicas que nacen en las cloacas de los institutos y que les da por lo japonés como podría darles por la costura o por la religión. A pesar de todo, creo hay algo muy auténtico en ese vídeo, aunque sólo sea esa admirable capacidad para hacer el ridículo y encima vivirlo con pasión.

Reconozco que no me gusta nada ese tipo de cultura japonesa tan superficial, tan infantil y azucarada, de hecho me da tirria que gente sin demasiada cultura más se consideren fanáticos de lo "japonés". Es sólo una moda con la que están dando mucho por culo, la verdad, y que va a hacer que los marginados de instituto puedan considerarse especiales en algo (aunque sea en hacer el gilipollas) y que ni siquiera desarrollen un poco de sentido del humor o de sarcasmo. Penosas, como ya he dicho en otros artículos, las procesiones de granos, pelo grasiento y sebo que se dan actualmente en las tiendas de tebeos o en el Fnac.

Pero sí me gusta este vídeo, aunque quizá sea sólo por el hecho de ver a esa gente sin complejos dando lo mejor de sí misma. Me hace gracia esa gorda vestida de rojo que sale casi todo el tiempo, parece muy maja y lo hace muy bien. O ver esas caras de no haberse comido una polla en toda su vida luchando por autorrealizarse. Increíble.

Las admiro, la verdad.

miércoles, 7 de marzo de 2007

Más pagafantas que el pagafantas

Seguramente recordaréis este vídeo:



Alberto, su protagonista, se llevó todo tipo de improperios, muestras de indignación y odio, todo por su poca sangre. Digamos que vivió un drama humano que encima luego se expandió por toda la red. En el anterior artículo que escribí sobre el asunto, uno de los comentaristas dice lo siguiente:

"Hola, Soy Alberto. Asta hace poco, era un completo desconocido. Ahora, por culpa de un gilipollas al que creia amigo, estoy siendo el azmereir de todo Internet (...) Ahora la gente se rie de nosotros en los conciertos, gritandome maricon pringao y pagafantas los cabrones no se atreven a decirmelo a la cara y se ocultan entre el publico para reirse."

Dudo mucho que éste sea el verdadero Alberto, pero bueno, resume un poco la repercusión que el asunto ha tenido. Ha habido saña, crueldad, puñetazos bajos, linchamiento indiscriminado. Y resulta que hace poco sale la chica del vídeo hablando sobre este suceso. Y nos cuenta lo siguiente (son tres vídeos, los dos primeros de unos nueve minutos; con este último, más corto, tenéis más que bastante):



La chica aparece en un plan muy distinto al del vídeo original. Sale con gorra, supongo que para darse a sí misma cierto aire de trascendencia o seriedad, con carantoñas también de seriedad y con un tono de voz igualmente de seriedad. Ahí acaba todo, no dice más que estupideces inconexas, sin ningún tipo de coherencia, con un discurso muy plano y aburrido que hace dudar de su número de cromosomas.

Sin embargo, lo más curioso de todo, lo que me llama la atención, es el efecto que los vídeos de este tocho ha tenido en los blogs que durante estos meses se han dedicado a apalear a Alberto y a tratar de dejarlo en ridículo. Por ejemplo, observemos lo que dice este blog de mierda:

"Está claro que el fenómeno del ‘pagafantas’ es ya imparable, pero al menos para nosotros después de estos vídeos tiene poco sentido seguir con el tema. En ellos vemos a una muchacha seria, algo nerviosa, que habla con el corazón y dice las cosas como son. Nosotros sólo habíamos pensado en Alberto aka pagafantas, ella era algo secundario y desde aquí queremos pedirla perdón por la parte de culpa que nuestro blog ha tenido en toda esta historia."

Casi todos los demás blogs han seguido esta absurda tendencia que no demuestra más que el hecho de que sus autores son más pagafantas que el propio Alberto, calzonazos, peleles, gañanes, ridículos, subnormales hasta la náusea. Me parece más lamentable este último párrafo que el propio vídeo de esa simulación de ser humano.

Felicidades, Alberto, estás muy por encima de ellos y ahora podrás con toda justicia reírte en su cara.

jueves, 1 de marzo de 2007

El hablador

Hemos quedado en el bar de José Rodríguez, el guapo. Mi amigo Severí viene con su último ligue, una chica de 26 años divorciada, con dos hijas y cocainómana. El día anterior me enseñó una foto de ella desnuda. Cuando llegan y se sientan a la mesa, casi todos hemos visto ya la foto.
Los otros son Dani, un tipo al que hace mucho tiempo que no veo, y Ricard, su vecino. José Rodríguez se sienta con nosotros de vez en cuando, como es su costumbre, pero se va al poco rato porque tiene que repartirse entre sus admiradores para enseñar las abdominales a la menor ocasión. La amiga de Severí casi no habla, sólo está pendiente del móvil. La llaman, sale, vuelve a la mesa, la vuelven a llamar, sale, y así toda la noche. Y por otro lado, no conozco demasiado a Ricard, el vecino de Dani. Es un tipo bajito con la cara cuadrada. Empieza a abrir la boca y entonces no vuelve a cerrarla.
Ricard cuenta pocas anécdotas, quizá dos o tres y todas relacionadas con peleas, borracheras y putas. Pero no deja de hablar, porque el truco que utiliza es muy sencillo: repetir las mismas historias una y otra vez, en un bucle infinito. Si alguien trata de participar o decir algo diferente, eleva el tono de voz para imponer sus batallas.
Intento hablar con Dani. Lo conozco desde que teníamos quince años, pero entonces no me caía muy bien. Empecé a cambiar mi opinión sobre él hace un par de años. Ocurrió en su casa, en Cercadepins, una periferia próxima a mi pueblo. Era la noche de San Juan y había mucha gente cenando. Por entonces, Dani tenía una novia posesiva, fea, malintencionada, suspicaz. Era auxiliar de veterinaria, y a alguien se le escapó que hacía una colección con los genitales de los perros que capaba. No pude evitar preguntarle sobre el asunto y quizá pensó que me reía de ella. Más avanzada la noche, me dio por decir en un momento dado:
-A mí me gusta que mi novia me escupa en la mano y después tragármelo.
Ella saltó como un resorte.
-Me parece una falta de respeto increíble para tu novia que cuentes eso.
A partir de entonces, aquella chica dejó de saludarme en las cenas, reuniones o fiestas. Si me veía rondar por ahí, se ponía a hablar con sus amigas mientras me miraban y se reían por lo bajo. Me gustó de Dani que siempre me trató igual de bien y sin tener en cuenta las opiniones de su novia. No todo el mundo posee la capacidad de no ser un pelele.
Ahora hace unos meses que lo han dejado. Hablamos un rato mientras el bueno de Ricard sigue jodiendo con sus historietas. A Dani lo he considerado siempre un ligón. Me sorprende mucho lo que me cuenta sin el menor atisbo de victimismo o falsa modestia:
-Quiero conocer a chicas ahora que lo he dejado con mi novia, pero no soy capaz, no tengo el empuje porque nunca me he visto atractivo ni interesante. Estoy yendo a una psicóloga.
Mi amigo Severí se va a llevar a su ligue a su casa. Y a mí Ricard y sus anécdotas me han provocado dolor de cabeza, así que voy hacia la barra, donde ya no está José Rodríguez, y me sirvo un cubata bien cargado. Me lo bebo y me sirvo otro en el mismo vaso, que me acabo igualmente. Después lo disimulo entre los otros vasos sucios. Vuelvo a la mesa. Me cuesta comprender que la novia de Ricard sea Mercedes, una chica de sutil, refinada belleza que sirve copas en el Irlándes, y que parece flotar en una atmósfera distinta a la de las otras camareras que trabajan con ella.
-¿Dónde has estado, Glasshead? -me pregunta José Rodríguez.
-Me han llamado al móvil.
Ricard sigue hablando, ahora con la nueva novia de José Rodríguez, una tipa con una cara extraña de muñeca que además se hace la interesante llevando una gorra absurda. Le explica la misma anécdota que lleva horas contándonos a nosotros. Mi paciencia está llegando a su fin. Mi amigo Severí regresa. Me cuenta que su amiga le ha comido el rabo un poco en el coche. Nos vamos al Irlandés.
-¿Cómo ha ido? -me pregunta Severí.
-No soporto a ese gilipollas que no para de hablar.
-Ah, pues a mi amiga le ha caído muy bien. Dice que es muy divertido.